He llegado hasta el punto de pensar que no tengo derecho a estar triste, que no tengo derecho a contarle a alguien lo que me pasa, que les importa una mierda.
Incluso en el colegio, intento no pensar en lo triste que estoy, y hacer a un lado los pensamientos de “para qué hago tal cosa”, “cuál es el fin”, “ni si quiera sabes por qué lo haces”, pero nunca puedo.
Inicio bien el día, con toda la actitud de salir adelante, de saber que este estado anímico no va a durarme mucho.
A mitad del día, mi actitud está por la mierda, ya estoy lo suficientemente triste para pensar en no entrar a mi última clase.
Lo inevitable, pasa.
No entro a mi última clase.
Para ese entonces ya estoy súper triste, no puedo pensar en nada más que llegar a casa y dormir.
Bendito sea el final del día en el que puedo dormir por al menos una hora.
Maldito sea el final del día, que me indica que viene el siguiente y tengo que despertarme a hacer justo lo mismo.
Amo/odio los finales del día.
Odio mi tristeza.
Odio mi pena.
Odio intentar seguir y que sienta que no es suficiente.